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El Arte y el esquilero
Publicado en Artículos
14/06/2007
El Arte, en sus dos vertientes, la creativa y la sensitiva ante lo creado, pertenece al interior del ser humano como el hígado o la flora bacteriana intestinal. Es casi un órgano vital en el que no reparamos demasiado, pero que, hasta a aquellos que se dan menos cuenta de ello, les influye y marca su vida individual y colectivamente. Todos los seres humanos aúnan además, en mayor o menor grado, las capacidades creativas y sensitivas. Estas capacidades, el Arte en definitiva, acompaña a un ser al que Borges situaba en el centro del Universo, y al que dibujaba rodeado de un espacio circular cuya circunferencia era incapaz de alcanzar. El Arte, pues, parece bracear, no ciego, pero sí cegado por el afán de alcanzar esa frontera que le acompaña como un enorme medriñaque. Pero el Arte, vestido de individuo, tiene piernas, y corre hacia delante y hacia atrás, regatea como un jugador de fútbol, mira a la izquierda para salir corriendo por la derecha intentando engañar a la frontera, intentando ser más rápido que su propia sombra. No hay que engañarse. Jamás alcanzará la circunferencia. Braceará eternamente, engañado por la ilusión de haber recorrido camino cuando mire hacia atrás. Engañado por el espejismo de ver más cerca esa frontera, que quizá esté más lejos cada vez, sólo que engordada y crecida. No sería rara esta situación: el Arte engañado por un asunto de perspectiva que hace a lo grande parecer más cercano. El individuo no puede jamás alcanzar la circunferencia porque, junto al hígado, a la flora bacteriana intestinal y al Arte, está la curiosidad, que bracea y tiene piernas y regatea. La curiosidad, cuando consigue alcanzar algo, pone su vista ciega en otro objetivo. Alcanzar la frontera sería para la curiosidad, el Arte o el ser humano, como para el galgo en el canódromo alcanzar la liebre de hojalata.
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A veces el Arte, en su bracear constante, caza mariposas que gusta de estudiar, escudriñar más bien, y pinchar con un alfiler sobre un panel de fieltro con un nombre humano debajo. El Arte cazó las formas de la piedra en la gruta, y cazó los pigmentos, y cazó el barro y el vidrio y la madera, y la seda y el algodón, y las plumas de las aves, y los pelos de los meloncillos y de las martas y de otros animales. El Arte cazó el papel y los metales, cazó el fuego y la imprenta. Y los plásticos y la rafia cazó. Y el hormigón, el yeso y la escayola. El Arte cazó a los mecenas y al capitalismo. Hay quien dice que incluso se cazó a sí mismo. Hay quien piensa que fue capaz de cazar la nada. Gran cazador el Arte. Últimamente el Arte anda diseccionando una mariposa curiosa. Uno de sus últimos trofeos. Está intrigado. Incluso confundido y dividido. Desde luego es una mariposa nueva y diferente. Con la mano cerrada siente cómo se defiende aleteando y haciendo cosquillas. Con la mano abierta parece no estar, haberse escapado. Pero no, cuando cierra la mano, vuelve el hormigueo a ella. Oye murmullos y siente los celos de otros cazados. Le gusta, siempre fue provocador. Siente los celos de los pigmentos, por ejemplo, que echan de menos la maza del mortero desde hace mucho. Siente los celos de los pinceles, de la piedra, de los metales, etc. Ve cómo el capitalismo le da codazos cómplices al mecenas, cómo la imprenta murmura al oído del fuego. Se siente vivo a sí mismo. Siente la nada deslizarse bajo sus pies. Gran cazador el Arte. La nueva mariposa ya tiene nombre: digital. Desde que el Arte la echó el guante, han pasado algunas cosas. Ya luce en el panel de fieltro con otros trofeos. Se ha mezclado con algunos de ellos. Se ha presentado sola, a veces. Hasta el capitalismo y la imprenta la ven con mejores ojos. Pero la mariposa es inmensa. Grande y todavía desconocida, apenas el Arte ha empezado a domesticarla. Sólo ha mostrado un porcentaje muy pequeño de su cuerpo. El estudio de sus posibilidades no es fácil ya que su cuerpo es inexistente, invisible para el ojo humano sin ayuda de las máquinas, que son como complejos microscopios necesarios para ver lo infinitamente grande, en lugar de lo infinitamente pequeño. Se sabe que se compone de números; de unos y ceros dicen. Cuentan que no tiene errores. Que es eterna. Que es capaz de convertirse en otros. Que es la revolución. No hay que alegrarse ni asustarse demasiado, las revoluciones siempre han acabado con la redacción de un nuevo código penal. Los artistas, esos seres que tienen potenciada su capacidad creativa, parecen estar entusiasmados con la nueva mariposa. Aquellos otros que tienen potenciada su capacidad sensitiva, los espectadores, están más preocupados y confundidos. Los comerciantes parecen estar en la confluencia de dos océanos. ¿Desaparecerá el mercado tal y como hoy lo conocemos? ¿Qué pasará con el concepto de autoría? ¿Será el fin de la pieza única como objeto de deseo? ¿Qué criterios deben seguirse? ¿Qué significado tienen los nuevos conceptos que se manejan? ¿Sigue siendo el Arte una buena inversión económica? ¿Se acabará con la endogamia y el amiguismo en el mercado del Arte que muchos denuncian hoy? ¿Cuál es la perdurabilidad real de este nuevo concepto? La nueva mariposa, lo digital, apenas si ha aleteado levemente, y la esquirla de viento desplazada se ha convertido en huracán. ¿No es ésta la teoría del caos?. No hay que alegrarse ni asustarse demasiado. El caos, aunque convulso y desordenado, no es sino movimiento. Y el movimiento es natural en el Arte que bracea y se desplaza y regatea. Quizá sea este movimiento la oportunidad para que los artistas, los comerciantes y los espectadores de hoy logren una identidad propia, formal y estética, en lo que algún día será la historia del Arte del principio del siglo XXI. Ese hueco en la historia es una mariposa que el Arte debe cazar. ¿O la tiene ya en su mano? Gran cazador el Arte. Madrid, 2004 Publicado por Jesús Moreno Hidalgo en Artículos Enviar a un amigo IMÁGENES
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