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El hecho digital (del caos al orden o viceversa)
Publicado en Artículos
14/06/2007
De pronto se levantó y empezó a mezclar grasas, arenas, semillas y jugos. Cuando hubo terminado se alzó mirando el techo de la gruta y, con sus manos manchadas de las mezclas anteriores dibujó un bisonte y unas flechas. Alrededor, otros contemplaban fascinados viendo cómo iban surgiendo las formas y los colores. La tensa luz de las fogatas parecía darle movimiento a las figuras y la imaginación y la sensibilidad de los espectadores hicieron el resto. Fue hace miles de años. No sabemos si padecían anginas de pecho o infartos. Quizá ya sintieran la soledad de su condición individual. ¿Estrés? Quién sabe. Con toda seguridad arropaban a sus hijos los días fríos. Probablemente hablaban entre ellos. ¿Qué llevó a aquél ser a hacer eso? Quizá los demás se quejaron de que malgastaba semillas y tocino, en lugar de sentirse fascinados. Quizá él o ella fue el primer artista incomprendido de la historia de la humanidad. ¿Habría críticos entonces? Seguramente no. El hecho es que varios miles de años después el llamado homo sapiens sapiens ha logrado reproducir aquello al milímetro, imitando su textura, su color, sus dimensiones, su grandeza. Con ello ha acercado el conocimiento a pueblos alejados miles de kilómetros de aquella gruta y, además, ha sentado las bases para reproducirlo cuantas veces sea necesario, así como para conservarlo.
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No cabe duda de que éste es un ejemplo de hecho digital aceptado por todos, agradecido por todos, que no produce infartos ni anginas de pecho, ni estrés. Pero lo digital sacude algunos andamios en los que hay subidos artistas, galeristas, marchantes, críticos y coleccionistas, y con cada sacudida no se producen infartos, ni siquiera estrés, pero, al menos, sí cierto temor. Lo nuevo siempre asusta un poco. Así, se habla de hibridación y mestizaje en el trabajo de los artistas para esconder, a veces, que se ha usado impresión digital en alguna parte del trabajo de creación. Se esconde la técnica de los grabados, por ejemplo, para evitar decir que hace años que se usan técnicas digitales en la confección de planchas serigráficas. Se evita comentar el uso del fotolito en serigrafía y litografía. Se llama litografía a lo que es offset. No es difícil encontrar litografías numeradas y firmadas por artistas que son reproducciones de obras que el artista ha creado en papel, tela o lápiz óptico. Se esconde el número de tintas utilizadas por razones similares. El uso por los artistas de estas técnicas digitales es lógico y completamente lícito. Esconderlo suele ser, también, idea del artista, que teme no ser aceptado por el crítico y el coleccionista, y desconfía en los conocimientos de marchantes y galeristas para explicar al coleccionista cuál es un buen trabajo y cuál no, independientemente de la técnica utilizada. De hecho muchos artistas desconocen todas las posibilidades del uso de estas técnicas, lo que les puede impedir sacarle el máximo provecho a su trabajo. Pero hay temores más grandes que los problemas que los generan. Así como hay artistas que investigan, estudian y aman su trabajo, también hay galeristas, críticos y marchantes que se preocupan por conocer y asumir las nuevas y las antiguas técnicas, y explicarlas a compradores y clientes. Estos son los buenos profesionales, así como los otros son los buenos artistas. Por lo demás, el resto de problemas y temores para los artistas siguen siendo los mismos, cuando no corregidos y aumentados. El artista que puede sigue apostando por formatos más grandes ya que eso, piensa, le da una consideración de artista más consolidado frente a otros artistas. Este último ejemplo es igual de válido para la estampa digital que para los cuadros al óleo sobre lienzo. El artista joven sigue teniendo los mismos problemas de difusión e introducción en el mercado que antes. Si este artista utiliza, además, técnicas digitales su dificultad parece incrementarse, porque la falta de criterios de valoración, piensa, hace que su obra se rechace con más facilidad. Pero no es nuevo, la falta de criterios hace mucho que inunda el mercado. Socializar es transferir al Estado o a otro organismo colectivo las propiedades particulares. También significa promover las condiciones sociales que favorezcan en las personas su desarrollo integral. La supuesta socialización del Arte que lleva aparejado lo digital (en el sentido de transferir, por medio de la facilidad en la reproducción del producto, la autoría al colectivo social) y que tanto se aplaude en actuaciones como la reproducción de la gruta, funciona para artistas que vivieron hace miles de años, pero al artista de hoy que tiene que competir con otros medios de contemplación de imágenes, y con otros artistas, sin dejar de comer todos los días, la socialización le aboca al diseño y le aleja del Arte. Un buen artista es, también, un buen catálogo, es decir, una buena cantidad de buenas obras, coherentes, sinceras, profundas, etc, y no una, dos o diez ideas impactantes y con capacidad para salir en los medios de comunicación. Eso es diseño, pero se vende, y el artista se ve abocado a ello para sobrevivir. Pero no es nuevo, la socialización del Arte no es consecuencia del hecho digital, sino de la confusión misma entre diseño y Arte. Esta confusión arrastra masas, en su conjunto menos preparadas para la contemplación del conocimiento. Pero son masas, y las masas es dinero. Mas es dinero para el diseño, mientras el Arte sigue su camino de reloj de arena, avanzando lentamente sobre la montaña de arena más antigua. La socialización o es remunerada o lo será de la idea fácil y no del Arte. Pero esta confusión entre diseño y Arte tampoco es nueva. Los maestros japoneses del uyiko-e (siglo XVIII) conocían relativamente poco sobre las técnicas de xilografía. Eran unos técnicos artesanos los que reproducían lo que los maestros habían realizado previamente en un papel, tal y como se hace ahora con toda licitud. Estos maestros ni siquiera tenían la consideración de artistas. Eran diseñadores para abastecer un mercado de estampas en auge. Estas estampas ni se numeraban, ni se firmaban, ni se limitaba su tirada. La maestría de los artesanos y dibujantes, la representación de escenas cotidianas y la sensibilidad con que estaban tratadas, el auge mismo de la época, dieron un conjunto que hoy nadie discute como artísticamente notable. Fallecidos los artistas más prestigiosos, siguió el mercado de estampas, siguieron los magníficos artesanos, pero se desmoronó la calidad, como se desmorona una ola tras el tenso instante del cenit. Espuma. Desde luego el pintor de la gruta difícilmente se consideraría artista rupestre a sí mismo. ¿Será el diseño de hoy considerado como Arte en el futuro? Así será, quizá, si un comisario del futuro organiza una exposición sobre ello en un museo de prestigio. La supuesta socialización del Arte que lleva aparejado lo digital (en el sentido de que éste contribuye a crear condiciones que favorecerán el desarrollo integral de aquél) también se desmorona. Este sentido de socialización no lo favorece el hecho digital más que cualquier otra cosa, y, en cualquier caso, es función del Estado o instituciones similares. El Arte lleva su camino de evolución, cazando todo lo que se le pasa por delante, saltando del interior de un artista a otro, de generación en generación, y contribuyendo, en su evolución, a la evolución de la especie humana. Octavio Paz dijo en su discurso al recoger el premio Nobel: "La modernidad rompe con el pasado inmediato sólo para rescatar al pasado milenario y convertir a una figurilla de fertilidad del neolítico en nuestra contemporánea". Si es así, y es posible que sea, todo es diseño o moda en el momento de nacer. (1) Entonces, ¿qué cambia con lo digital?. Por ejemplo, ¿desaparecerán las figuras de galeristas y marchantes? Difícilmente, sobre todo si se respeta lo suficiente la distinción entre Arte y diseño. Si la confusión persiste, el consumidor se acercará a los intermediarios como a tiendas donde adquirir ropa, o sea moda, o sea diseño. El concepto de galería de Arte es relativamente reciente y nace con el concepto moderno de artista y de la necesidad de presentar obras de Arte en espacios privados que facilitasen la contemplación de éstas, así como servirse del asesoramiento del profesional para encuadrar la obra en contexto cultural, espacial, temporal, etc. Con ello la obra de Arte adquiría una categoría casi espiritual, digna de un verdadero homo sapiens sapiens. La figura del comisario es aún más reciente y nace de la necesidad de ofrecer espectáculos de Arte como una oferta más del ocio colectivo. Uno, en su ingenuidad, no quiere pensar que es imposible que haya tantos artistas y tanta producción de Arte como para llenar tantas salas, ya sean éstas públicas o privadas. Pero nada de esto es culpa de lo digital. El artista que trabaja su obra, se sirva o no de elementos digitales, difícilmente puede dedicarse a promocionarla, enseñarla, venderla, etc, en definitiva, darla al colectivo sin la intervención de un profesional. Quien piense lo contrario es que no se ha acercado ni por asomo al esfuerzo intelectual y físico que supone cualquier actividad creativa con resultados aceptables. ¿Se podrá adquirir el producto artístico junto al tostador o la bolsa de patatas en el supermercado? Puede que sí. No hay nada que impida a los supermercados vender discos de videoarte para ser visto y contemplado en el propio domicilio. Con el mismo concepto se podrían vender estampas digitales, estampas no digitales, esculturas y cuadros originales, por ejemplo. Ahora bien, esto no habrá acabado con el intermediario, sino que le habrá dado una dimensión distinta. ¿Así le estaríamos dando al público la oportunidad de elegir lo que verdaderamente le gusta? Probablemente no. El artista seguiría pagando un tributo por entrar en el circuito de ventas ya que éste estaría controlado por productoras y mediatizado por fuertes inversiones publicitarias. Como ejemplo tenemos hoy literatura y música. También yogures y detergentes. Otra cuestión sería, además, confiar en la masa para incentivar la mejor creatividad, la más profunda, la que más aporta al conocimiento, a la inteligencia y a la evolución humana. Como ejemplo tenemos hoy literatura y música. También yogures y detergentes. Desde el punto de vista de factores que intervienen en la valoración del producto artístico, el hecho digital sí ahonda al Arte en la sima de lo inmaterial. En esa sima o en esa cima, si se prefiere, ya llevaba el Arte unas cuantas décadas. Con la pintura se hace más patente ahora, aunque la desmaterialización no es total sino parcial. El concepto de autoría es otro factor que se ve afectado, pero no en el sentido de la actitud del artista de no firmar la obra, (como ha ocurrido, ya que algunos artistas se han negado a firmar su obra), sino en el sentido de que se abre la posibilidad de autoría colectiva (algo que tampoco es nuevo), y por la revolución que supone la facilidad de captura de imágenes externas, de otros autores, con las que los artistas pueden trabajar. Todo producto, sea artístico o no, tiene un autor, y cualquiera puede distinguir lo generado por la naturaleza de lo creado por el hombre. Negarse a firmarlo es sólo una actitud crítica con el factor artista que es uno de los que determina hoy el valor de una obra, algo así como la marca. La autoría colectiva es sólo un problema de división de derechos para la venta del producto en sí o para la venta de su reproducción. Otro factor es el de pieza única como objeto de deseo del coleccionista que se asegura, así, su valor futuro. Los productos estrictamente digitales y desmaterializados en mayor grado son infinitamente reproducibles. Pensemos que el homo sapiens sapiens ha reproducido a escala 1/1 la gruta en que fueron pintados los bisontes y ha sentado las bases para su reproducción y conservación futura. Con mucha más facilidad cabe pensar que se puede reproducir lo que cabe en un disco compacto. Si hoy viviera el ser que plasmó aquel bisonte y aquellas flechas quizá hubiera firmado su reproducción, o se habría negado a hacerlo, o no habría consentido esa reproducción, o habría limitado su cantidad en el futuro. Quizá para tomar esas decisiones se habría puesto de acuerdo con el comprador. Quién sabe. Uno, por más que se esfuerza, no conoce nada con las fauces más grandes y las tragaderas más anchas y los jugos gástricos más potentes que el capitalismo. Y uno se esfuerza, no cabe duda. Así, pues, nos encontramos en la era digital y no hay marcha atrás, pero tampoco nada que no se viera venir hace tiempo. Hablamos de hoy, y hoy hay capitalismo, anginas de pecho, infartos y estrés. Digital, en el idioma español, es, además de lo referido aquí, una planta de cuyas hojas se obtiene un tónico cardiaco. Digitalismo es la intoxicación por la administración excesiva de digital. Acabemos con el estrés y las taquicardias. Dejémonos invadir por lo digital, pero sin intoxicarnos. (1) Octavio Paz. "La búsqueda del presente". Convergencias. Seix Barral. Barcelona 1991. Madrid, 2004 Publicado por Jesús Moreno Hidalgo en Artículos Enviar a un amigo IMÁGENES
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